Más allá de la tasa de ocupación superior al 83% reportada al cierre de 2025, el mercado evidencia una migración clara hacia inmuebles de mayor calidad. Las grandes corporaciones no están reduciendo su presencia física, sino optimizándola: dejan espacios menos eficientes para concentrarse en edificios Clase A+ y A, con mejores ubicaciones, certificaciones y amenidades.
Otra tendencia relevante es la firma de contratos de largo plazo. En operaciones de gran escala, los plazos promedio ya se ubican entre cinco y siete años, lo que sugiere que la etapa de decisiones tácticas de corto plazo —característica de la pospandemia— está dando paso a una planeación inmobiliaria más estable y estratégica.
El liderazgo del sector financiero, que concentra casi 30% de la ocupación, también aporta señales sobre la naturaleza de la demanda: se trata de empresas con estructuras formales, alto cumplimiento regulatorio y necesidad de espacios corporativos consolidados. A ello se suma la participación del sector público y de servicios empresariales, lo que otorga mayor diversificación y estabilidad al mercado.
En conjunto, el mercado inicia 2026 con una dinámica distinta a la de los años inmediatos posteriores a la pandemia: menor volatilidad, disponibilidad más acotada y decisiones corporativas orientadas a calidad, eficiencia y permanencia. Más que un rebote estadístico, el sector parece transitar hacia una nueva etapa de madurez.

