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El monitoreo de la salud estructural permite conocer con datos cómo respondió una edificación durante un movimiento, mientras que la inspección profesional sigue siendo indispensable para determinar si existe algún daño.

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Después de un sismo, una de las primeras preguntas de quienes viven o trabajan en un edificio es si la estructura se encuentra realmente en condiciones seguras para continuar ocupándolo. Sin embargo, la respuesta no siempre está a la vista.

 

En una ciudad como la Ciudad de México (CDMX), donde las características del subsuelo pueden modificar la forma en que se propagan y amplifican las ondas sísmicas, el hecho de que una persona haya sentido que el edificio se movió mucho no significa necesariamente que exista daño estructural.

 

La ingeniería estructural cuenta actualmente con herramientas que permiten ir más allá de la percepción de los ocupantes y obtener información cuantitativa sobre la manera en que respondió un inmueble durante un sismo.

Sensores que permiten saber cómo respondió un edificio

Para los expertos de University Tower, una de estas herramientas es el monitoreo de la salud estructural, mediante dispositivos como acelerógrafos o sismógrafos colocados en distintos puntos de una edificación.

Registran estos equipos la respuesta del inmueble durante un movimiento sísmico. Posteriormente, los datos pueden ser analizados por especialistas para conocer variables como los desplazamientos que experimentó la estructura y compararlos con los parámetros esperados.

“El monitoreo de la salud estructural nos da un indicador cuantitativo del comportamiento que pudo haber tenido una estructura después de un sismo. Podemos conocer cuánto se desplazó el edificio y determinar, a partir de esa información, si se mantuvo dentro de los parámetros esperados o si se requiere una evaluación mayor”, explicó Esteban Astudillo, responsable del diseño estructural de University Tower.

 

La ventaja de esta tecnología es que complementa la inspección física y el criterio de los especialistas con información obtenida directamente de la respuesta del edificio.

 

De acuerdo con los expertos, algunos inmuebles de la CDMX ya cuentan con este tipo de instrumentación y, para determinadas edificaciones, su monitoreo está contemplado en la normativa.

¿Qué revisar después de un sismo?

Aunque existan sistemas de monitoreo, los habitantes también pueden identificar cambios que ameriten una revisión especializada. La observación, sin embargo, no sustituye una evaluación profesional.

Entre los principales aspectos que deben considerarse están:

  • Inclinaciones o cambios en la verticalidad del inmueble.
  • Hundimientos o modificaciones visibles en el terreno.
  • Deformaciones que no estaban presentes antes del movimiento.
  • Grietas o cambios significativos que aparezcan después del sismo.
  • Cualquier otra alteración visible que represente una diferencia respecto de las condiciones habituales del edificio.

 

Es importante no interpretar automáticamente el movimiento como una señal de daño. Las estructuras se diseñan para soportar determinados desplazamientos y deformaciones durante un sismo. Por ello, establecer si esos movimientos comprometieron la integridad del inmueble requiere conocimientos especializados.

 

Después de un sismo considerable, además, se deben seguir las indicaciones de Protección Civil y los protocolos establecidos por la administración del inmueble antes de regresar o permanecer en él.

La historia del edificio también importa

La seguridad de una estructura no depende únicamente de cómo se comportó durante el último sismo. Para evaluar sus condiciones también es necesario conocer su historia.

Se encuentra entre la información relevante la antigüedad del inmueble, las normas que estaban vigentes cuando fue construido y las remodelaciones, intervenciones o reparaciones que haya tenido a lo largo de su vida útil.

 

 

Este punto es especialmente importante en ciudades con un parque inmobiliario construido durante diferentes épocas y bajo distintas generaciones de conocimiento técnico y regulación.

“Uno de los retos que tenemos como ciudad también está en los edificios que no son recientes y que fueron construidos con el conocimiento y las normas disponibles en otra época. Que una estructura haya pasado por un sismo anterior no significa que debamos dejar de ocuparnos de su condición; la prevención, el mantenimiento y las evaluaciones siguen siendo fundamentales”, apuntó Astudillo.

 

Por ello, haber salido aparentemente bien de un sismo anterior no constituye por sí mismo una certificación de seguridad actual.

 

1985 y 2017: dos sismos que cambiaron la conversación

Los sismos de 1985 y 2017 dejaron importantes lecciones para la construcción y evaluación de edificios en México.

Ambos eventos impulsaron cambios en la manera de entender el comportamiento de las estructuras. A partir de ello se incorporaron modelos de análisis más detallados, materiales de mayor desempeño y nuevas tecnologías.

Una de las principales enseñanzas es que la seguridad estructural no termina cuando concluye la construcción de un edificio.

El mantenimiento, el conocimiento de las condiciones del inmueble y las evaluaciones posteriores a eventos sísmicos forman parte de la seguridad durante toda su vida útil.

Así, un edificio no debería evaluarse solamente por su antigüedad o por haber resistido un terremoto previo. Su condición actual depende también de cómo ha sido mantenido, intervenido y de la manera en que responde ante nuevos movimientos.

La seguridad también depende de la prevención

Para los propietarios y habitantes de un inmueble, conocer estos elementos puede ayudar a cambiar la forma de entender la seguridad estructural.

 

Un edificio seguro no es necesariamente aquel que no se mueve durante un sismo. Tampoco basta con observar que no existen daños evidentes en acabados para concluir que la estructura se encuentra en buenas condiciones.

 

La evaluación debe considerar la respuesta del inmueble, sus características estructurales, sus antecedentes, las condiciones del terreno y, cuando sea necesario, el análisis de especialistas.

“La ingeniería sabe cada vez más sobre cómo se comportan los edificios y cómo intervenirlos cuando es necesario, pero las personas también debemos conocer nuestros inmuebles, participar en los simulacros, tener planes de evacuación y atender las medidas de seguridad. La prevención sigue siendo una responsabilidad compartida”, señaló Astudillo.

Para el mercado residencial, esta visión también aporta un elemento relevante: la seguridad estructural debe entenderse como un proceso permanente y no como una característica que se verifica únicamente al momento de entregar una propiedad.

 

A 41 años del sismo de 1985 y nueve años del ocurrido en 2017, la principal lección permanece vigente: conocer el inmueble que se habita, darle mantenimiento, contar con protocolos de emergencia y utilizar herramientas que permitan evaluar su comportamiento son parte de la seguridad frente a futuros sismos.