Este nivel resulta superior al promedio recomendado para América Latina, estimado en 3.1% del PIB, lo que posiciona a México con una apuesta más agresiva para detonar crecimiento económico a través de obra pública y proyectos estratégicos.
De acuerdo con Hacienda, el objetivo es que la infraestructura funcione como un “multiplicador del crecimiento”, fortaleciendo sectores clave como energía, logística, agua y transporte, además de mejorar la conectividad y el desarrollo regional.
No obstante, especialistas han señalado que, más allá del volumen de recursos, será clave la calidad de los proyectos. En ese sentido, se ha enfatizado la necesidad de incorporar criterios de sostenibilidad en la evaluación de la infraestructura, con el fin de garantizar viabilidad ambiental, social y financiera en el largo plazo.
Implica este enfoque no solo construir más, sino hacerlo bajo estándares que aseguren eficiencia, resiliencia y beneficios duraderos para las regiones, alineando la inversión con tendencias globales en desarrollo sostenible.
Así, el reto para México no solo será alcanzar niveles históricos de inversión en infraestructura, sino asegurar que el financiamiento —público y privado— se traduzca en proyectos bien estructurados que impulsen el crecimiento potencial de la economía.