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Un proyecto piloto en Salford demuestra cómo la capacitación inclusiva impulsa el uso de micromovilidad compartida entre personas con discapacidad, redefiniendo la accesibilidad urbana y el diseño de ciudades más equitativas.

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En las grandes ciudades, la conversación sobre movilidad ya no gira únicamente en torno a la velocidad o la reducción de emisiones, sino a un concepto más ambicioso: accesibilidad real.

 

Un proyecto piloto desarrollado en Salford, en el área metropolitana de Gran Manchester, Inglaterra, aporta una evidencia contundente sobre cómo la capacitación adecuada puede transformar la relación de las personas con discapacidad con la micromovilidad compartida.

 

La iniciativa, financiada por la Fundación Motability, implementada por Cycling UK y liderada por Collaborative Mobility UK (CoMoUK), partió de una premisa sencilla: la barrera no siempre es física, muchas veces es de confianza. En colaboración con los operadores Lime y Beryl, así como con Transport for Greater Manchester y el Ayuntamiento de Salford, el proyecto ofreció 15 sesiones presenciales de capacitación a 41 participantes.

El diagnóstico inicial fue revelador. Antes de la formación, muchos no utilizaban bicicletas o scooters eléctricos compartidos porque no se sentían seguros o desconocían el funcionamiento de las aplicaciones móviles necesarias para activarlos. Es decir, la exclusión no provenía tanto del vehículo como del ecosistema digital y operativo que lo rodea.

Los resultados cambiaron el panorama. Más del 50% de los participantes comenzó a circular en bicicleta de forma independiente dentro del mes posterior al programa. El 71% afirmó que probablemente usaría bicicletas eléctricas por su cuenta, y el 43% dijo lo mismo respecto a los scooters eléctricos. Los testimonios recogidos en el informe apuntan a un patrón común: los prejuicios se desmoronaron con la experiencia práctica. “Son más fáciles de lo que pensaba”, reconoció uno de los asistentes.

 

Sin embargo, el estudio también dejó en claro que la inclusión no depende únicamente de la voluntad individual. En el Reino Unido, para utilizar un scooter eléctrico compartido es obligatorio contar con licencia de conducir. Este requisito, aparentemente neutral, impacta de forma desproporcionada a personas con discapacidad. CoMoUK recomendó eliminar esta condición en la próxima legislación y avanzar hacia estándares nacionales de capacitación inclusiva.

 

La discusión trasciende el caso británico. En ciudades que apuestan por modelos de desarrollo urbano de uso mixto y proximidad –tan celebrados en el ámbito inmobiliario contemporáneo– la micromovilidad compartida es un componente estratégico. Pero su promesa solo se cumple si el diseño es universal: infraestructura segregada y segura, zonas de estacionamiento accesibles, aplicaciones intuitivas y campañas de comunicación inclusivas.

El mensaje de fondo es poderoso para quienes planifican y desarrollan ciudad. La demanda existe. Las personas con discapacidad desean desplazarse de forma activa e independiente. Cuando se les ofrece formación práctica, acompañamiento y un entorno seguro, responden con adopción real.

 

La lección es clara: la movilidad no es un accesorio del proyecto urbano, es parte de su valor estructural. Un edificio o un distrito conectado a sistemas de micromovilidad verdaderamente inclusivos no solo mejora su plusvalía; amplía su comunidad. Porque una ciudad inteligente no es la que incorpora más tecnología, sino la que elimina más barreras.