En países anglosajones, por ejemplo, se busca atender un déficit en el diseño escolar, donde los niños pasan un tiempo considerable.

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Para especialistas, la arquitectura como ciertas ingenierías persiguieron el fin de crear espacios placenteros y relajados desde sus inicios, pero en los últimos años estas cualidades se han acoplado a la ciencia, así surgió la neuroarquitectura para entender cómo el entorno modifica las emociones, pensamientos o conductas.

La neuroarquitectura trata de entender “cómo el espacio afecta a nuestro cerebro y en consecuencia, a nuestro estado emocional y comportamiento", señaló Mundo Iñarra, miembro del grupo de investigación Neuroarquitectura del Instituto de Investigación e Innovación en Bioingeniería i3B, de la Universidad Politécnica de Valencia, España.

Mientras que Susana Iñarra, doctora en Arquitectura y profesora en la misma universidad, refirió que desde hace algunos años están surgiendo nuevas corrientes arquitectónicas, sobre todo en países anglosajones, para atender un déficit en el diseño escolar, una de las aplicaciones de esta corriente.

Entre los cambios, se incluye tratar de fomentar la libertad en el movimiento de los niños, adaptar el diseño a la altura visual de los menores e incluir espacios en los que haya contacto con la naturaleza, que pueden potenciar el comportamiento de una persona, calmar su estrés o ansiedad.

La investigadora señaló que para estudiar el efecto que tiene un color en una persona habría que tener la misma habitación pintada con un tono idéntico e ir cambiando el color de la pared. “Como esto es difícil de modificar en el espacio real, trabajamos a través de realidad virtual", explicó.

También detalló que comenzaron a realizar un estudio en el aula para analizar cómo la combinación de las variables luz, color y forma son capaces de potenciar los procesos cognitivos del alumnado como atención, memoria y concentración.

Asimismo, se demostró en sitios experimentales que los techos altos propiciarían las actividades creativas y artísticas. Mientras que los techos bajos favorecerían la concentración, el trabajo rutinario y la sensación de seguridad para dormir.

Aunque también hay otras aplicaciones de la neuroarquitectura; por ejemplo, el arquitecto sueco Roger Ulrich pudo demostrar en una investigación de ocho años en la década de 1980 que el efecto de una hermosa vista en la habitación de un hospital puede acelerar la recuperación de un paciente después de una cirugía.

Por su parte, Myrna Susana Beltrán, ingeniera civil experta en construcción, bioarquitectura y medio ambiente, destacó que la neuroarquitectura está estrechamente ligada a la arquitectura sostenible, por lo que construyó ‘Casa Pueblo Dorado’.

Esto, para que su hija tuviera un espacio favorable para su recuperación de epilepsia; entonces, conjugó la bioarquitectura con la neurología, que consistió en buscar la orientación de la luz, evitar el calor mediante sistemas de aislamiento térmico, la ubicación de las ventanas, espacios abiertos y pasillos amplios.

Los especialistas concuerdan en que la pandemia dejó al descubierto que en países donde hay un mejor clima y se vive en el exterior debido a una cultura muy social, las personas han descuidado la calidad de su hábitat en comparación con los países donde hace más frío, con hogares mejor equipados.

“Como tenemos asumido que hay que invertir en la alimentación, hacer ejercicio y mejorar la forma en la que vestimos para sentirnos mejor, también hay que pensar en el hogar. Preocupémonos por la decoración, los materiales y todo lo que podamos hacer para mejorar el lugar donde vivimos", opinó Iñarra.

El dato:

Uno de los primeros en darse cuenta del efecto de la fusión entre la arquitectura y la neurociencia fue el virólogo estadounidense Jonas Salk, quien desarrolló una de las vacunas contra la poliomielitis.

 

 

 

 

/Con información de BBC NEWS y El Imparcial/