Uno de los factores más importantes en la generación de incertidumbre económica y financiera a nivel global, es la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Sin embargo, también representa oportunidades que México no debe desaprovechar.

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Uno de los factores más importantes en la generación de incertidumbre económica y financiera a nivel global, es la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Sin embargo, también representa oportunidades que México no debe desaprovechar.

La relación entre Estados Unidos y China ha pasado por momentos de cercanía y distancia, pero nunca de indiferencia. El momento más destacado de los últimos cincuenta años, podría ser la visita del presidente Richard Nixon a China en 1972 que, por cierto, fue llevada al escenario operístico por John Adams en la obra Nixon in China (1987), y deja claro que ambas naciones siempre se han visto simultáneamente con fascinación y desconfianza.

En los últimos 20 años, la relación económica entre estos dos países ha sido intensa. A Estados Unidos siempre le ha preocupado que China busque, en materia económica, tener presencia en todos los mercados al enviar sus productos, no pocas veces acusados de dumping (es decir, de vender por debajo de su precio de mercado o incluso por debajo de los costos) y de que se haya convertido al mismo tiempo en el destino favorito de las empresas de capital occidental para manufacturar los productos diseñados en Europa y en el mismo Estados Unidos. 

Las diversas aristas de la relación han estado centradas en la sospecha de que las políticas del gobierno chino para ganar mercado extranjero se han basado en subsidios no permitidos y en claras acciones de dumping, sin soslayar la falta de transparencia sobre el respeto a la propiedad intelectual de los bienes que son manufacturados en ese territorio.

 

Las noticias tienen una especie de misterio: Cuando le di la mano a Chou En-lai en ese campo fuera de Pekín, solo en ese momento, el mundo estaba escuchando.
Richard Nixon. Nixon in China, John Adams.

 

Por el lado de China, las quejas se centran en la falta de transparencia y certidumbre de los lineamientos de Estados Unidos para aceptar y garantizar la inversión china; recordemos la negativa de la administración del presidente Barack Obama para permitir que la empresa insignia de telecomunicaciones de origen chino, Huawei, participara en la construcción de una nueva red inalámbrica para casos de emergencia. Y en los últimos tres años hemos sido testigos de una de las disputas comerciales más escandalosas, cuando la administración de Donald Trump acusó a la misma empresa de fraude, robo de propiedad intelectual y de tener relaciones comerciales no permitidas con Irán.

Todo esto ha sucedido ante un telón de fondo de incrementos arancelarios entre ambos países y la creación de “listas negras” que limitan o prohíben la inversión de empresas de ambas naciones en cada uno de los territorios. Recientemente, en el mes de octubre, el Departamento de Comercio de Estados Unidos incluyó en su lista negra a ocho empresas tecnológicas de origen chino que se dedican a desarrollar sistemas de seguridad.

 

 

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LA GUERRA EN CIFRAS

La primera pregunta que debemos plantear es: ¿Cómo empezó todo esto? Desde el punto de vista comercial, sucedió en el mes de enero de 2018, cuando el presidente Trump anunció que su gobierno impondría aranceles a paneles solares y lavadoras domésticas de origen chino; continuó con la disputa de acero y aluminio. Recordemos que desde 2016 se había presentado una sobreproducción mundial de acero en el mundo y la mayoría de las economías hacían responsable a China y su política de dumping y subsidios.

Después, en el mes de marzo del año en cuestión, el titular del Ejecutivo de Estados Unidos solicitó al United States Trade Representative (USTR) que iniciara una investigación a China, bajo el amparo de la sección 301 del Acta de Comercio de 1974, debido a que se observaban robos de propiedad industrial de productos tecnológicos propiedad de empresas norteamericanas. La sanción comercial de dicha investigación podría afectar a 50 o 60 mil millones de dólares (mdd) de importaciones de productos chinos, ya que se contemplaba la imposición de aranceles de 25% a una lista amplia de productos chinos.

Las represalias del gobierno chino no se hicieron esperar y en el mes de abril las autoridades chinas impusieron aranceles de un 25% a 128 productos de origen estadounidense que incluyeron los hechos de aluminio, aviones, automóviles, carne de cerdo, frijol de soya, entre otros.

La confrontación se intensificó cuando en el verano de 2018, cada país decidió aumentar los aranceles entre el 10% y 25% a productos provenientes del otro país y la afectación fue por un monto de 50 mil mdd en cada caso. La mala relación siguió escalando hasta llegar a la Organización Mundial del Comercio (OMC), en donde ambos países han estado buscando acuerdos mediante investigaciones que pretenden justificar las represalias tomadas para cada una de las partes.

Hasta la fecha, Estados Unidos continúa con investigaciones contra China y decretando incrementos de aranceles a los productos chinos que importa; la más reciente fue en el mes de septiembre de 2019, alcanzando una afectación de hasta 325 mil mdd adicionales. Es claro que estas escaladas de aranceles y restricciones al comercio han tenido consecuencias importantes para todas las economías, pero especialmente para los consumidores y productores de cada país en múltiples sectores: Agricultura, manufactura y servicios.

 

Los flujos de comercio e inversión dependen de las buenas o malas señales que los diferentes países envían a sus socios o adversarios.

 

QUIÉN SUFRE Y QUIÉN GOZA

En una guerra comercial existen varios niveles de afectaciones: Los consumidores, los exportadores, los importadores y los productores de los países involucrados en la disputa. El nivel de bienestar que se obtiene del intercambio comercial desciende, ya que los precios de los productos consumidos aumentan y la oferta de productos tiende a reducirse. Los primeros costos los pagan los consumidores de las economías que aumentan sus aranceles.

Aparentemente, una disputa comercial afecta de manera directa solamente a involucrados, pero eso no es tan cierto en una economía mundial interrelacionada o global. De hecho, uno de los principales perdedores es el sistema multilateral de comercio, ya que los aumentos de aranceles y las consecuentes represalias minan las reglas internacionales de comercio y aumentan la incertidumbre de las reglas del juego comercial global que puedan prevalecer. Debemos recordar que los flujos de comercio e inversión dependen de las buenas o malas señales que los diferentes países envían a sus socios o adversarios.

Específicamente en este conflicto hay hallazgos interesantes. Recientemente, la Conferencia para el Comercio y el Desarrollo de la Naciones Unidas (UNCTAD) publicó un estudio que establece los efectos sobre el comercio bilateral entre Estados Unidos y China, y la desviación de comercio que resulta por el incremento arancelario. Terceros países socios de Estados Unidos empiezan a recibir los beneficios comerciales al ver un incremento de sus exportaciones al mercado norteamericano: Taiwán, México y la Unión Europea son los primeros señalados como posibles beneficiarios. 

Pero vayamos por partes, el valor de las importaciones gravadas por Estados Unidos provenientes de China,se redujo en un 25% durante la primera parte de 2019. Las principales reducciones de las importaciones se observan en equipo de oficina (computadoras, impresoras, etc.), productos agrícolas y equipo de telecomunicaciones. Mientras que el primer efecto sobre la economía china ha sido la reducción de los precios de exportación de los productos con un arancel mayor y que siguen llegando al mercado norteamericano.

Sin embargo, lo que la economía norteamericana ha dejado de comprar a China se divide en tres posibles escenarios: El primero puede ser una pérdida de comercio, los consumidores dejan de comprar y no sustituyen; el segundo es que siguen comprando a pesar de los aranceles y pagan precios mayores; y, tercero, los consumidores compran esos productos a otros países que tengan bienes similares, pero que no están gravados con aranceles. En este tercer escenario se encuentra el comercio con México.   

Nuevamente, de acuerdo con la UNCTAD, la desviación de comercio durante los primeros seis meses de 2019 ha sido por 21 mil millones de dólares, que se han repartido de la siguiente manera: 4 mil 200 mdd para Taiwán; 3 mil 500 millones para México, específicamente mediante el incremento de las exportaciones mexicanas de productos agroindustriales, equipo de transporte y maquinaria eléctrica; 2 mil 700 mdd para la Unión Europea; 2 mil 600 millones para Vietnam; el resto se ha repartido entre Japón, Corea del Sur, Canadá, India, entre otros.

Las oportunidades para las economías que han estado abasteciendo el mercado norteamericano son temporales y dependen de la duración y la profundidad del daño de la relación comercial entre México y China. No obstante, existe una estrategia que permitiría hacer de esta oportunidad temporal una más duradera, y consiste en el fortalecimiento de las cadenas de abastecimiento de la industria local. Una acción conjunta entre industria y gobierno que permita a los actuales proveedores mejorar su perfil de competitividad y, por otra parte, atraer a México a los proveedores faltantes en la cadena mediante políticas de atracción de inversión.  México no puede darse el lujo de perder esta oportunidad.  

 

 

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Texto Verónica Orendin, *Directora de VOS Ediciones.

Foto: GLETIR / REPUBLICA / INFOBAE / portuario