Durante décadas, el lujo inmobiliario estuvo definido por la ubicación. Una avenida icónica, una vista privilegiada o la firma de un arquitecto reconocido bastaban para convertir una propiedad en un símbolo de estatus. Hoy, sin embargo, esa ecuación ha cambiado. En el mercado residencial de lujo, el valor ya no reside únicamente en el lugar donde se vive, sino en la experiencia que ese lugar es capaz de ofrecer.