El aislamiento es una idea que responde humanísticamente al problema de la pandemia, pero no se debe caer en la terrible tentación de alejarnos.

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Renzo Piano (Pegli, 1937), premio Pritzker de arquitectura 1998, a través de una entrevista con El País, destaca argumentos de un creador de espacios ante una realidad perdida y hecha añicos por el aislamiento obligado por el Covid-19.

Entre sus argumentos, destaca que el ser humano está condenado a encontrarse en espacios públicos y destaca varios temas, a saber:

El espacio público, por ejemplo, en España: “Amo Madrid, quizás algún día hagamos algo allí. Una urbe llena de parques, la Gran Vía que parece un río… Me fascina la relación intrínseca que tiene la gente con el espacio público. Es una ciudad intensa, donde la gente disfruta de la calle, de los mercados… Madrid, Roma, Nueva York, San Francisco o Tokio son ciudades que, cada una en su estilo, albergan aura de magia. Hay problemas, sí, pero son lugares de intercambio permanente, de interrelación, de nexo entre el ser humano y el espacio”

 

Sobre la ciudad: “Es la gran conquista del hombre, porque es un lugar donde se aprende a estar juntos. Ese es el destino, el camino del ser humano”.

¿Hay ciencia en la arquitectura? “Claro. A mí no me inspiran otros arquitectos sino la realidad, las necesidades de cada momento, el entorno, el ruido, la vegetación, la gente que vive allí antes de que construyamos. Hay que respetar eso. Actualmente estamos construyendo seis hospitales por el mundo, algunos de ellos en África. 

¿Se puede trabajar siempre desde casa?: “Trabajamos con la ciencia médica, como la Columbia University. Todos nos dicen que el virus nos acompañará, pero la solución no debe ser vivir aislados. La respuesta será médica, científica, política. La sentencia “hay que hacerlo desde casa” es una locura, algo inconcebible”.

Sobre los espacios vacíos: “La periferia es la clave, porque allí la ciudad ya no es ciudad, mientras que el campo allí pierde toda su inocencia. Es una zona gris donde la intensidad de la urbe desaparece y la candidez del verde también. Hay que transformar nuestro territorio en una ciudad difusa, que se abre. Esto no es teoría ni retórica. Es una idea que responde humanísticamente al problema de la pandemia sin caer en la terrible tentación de alejarnos”.

Sobre la necesidad de que los proyectos sean visitados por personas: “Estamos creando mesas redondas en el Senado para hablar de casos concretos: Palermo, Módena o Padua. Nuestro objetivo es trabajar para crear lugares donde la gente se pueda encontrar. Allí la teoría no sirve para nada. Hay que desarrollar el arte del remiendo, que no es despectivo. Es algo noble y bello. Parece banal, pero no lo es. Sé que sólo con esto no es suficiente, pero es un primer paso para aplicar en un lugar catalogado como feo cuando lo cierto es que se construyó sin amor. Por eso siempre están acompañadas por adjetivos denigrantes. Para mí, lógicamente, las periferias o los suburbios son de una belleza profunda e invisible. A veces incluso visible”.

Belleza y arquitectura: “Comencé a estudiar en Florencia, una ciudad que me intimidaba por su excesiva belleza. Me impedía profundizar. Decidí marcharme a Milán, que era menos bonita, por así decirlo. El problema de la belleza es que es inaccesible, incomprensible. Ha sido, además, robada por la publicidad, por el consumo, que la ha desvirtuado reduciéndola sólo a estética. Lo bello también es bueno, pero hay dificultad para combinar estos términos”.